viernes, 4 de septiembre de 2015

Agüita que se quedó con un poco de vos...
Agüita que te llevó...

Esa tarde ventosa, pero cálida nos despedimos. Vos querías que lo hiciéramos así.
En caravana partimos a transitar las últimas horas juntos. Aquella inmensa cuesta nos esperaba, y mientras la subíamos, el aire se fue llenando de historia compartida, de infancia feliz, de familia...
La aparición, ante nuestra vista, del río, allá detrás del cerro, y de las primeras casas de adobe blanqueado, nos acercaba al adiós.
Pronto llegamos. Unos ojos tímidos, puros, transparentes nos fueron recibiendo, con ese cariño que no se olvida, que no se dice porque no hay palabras hechas para él.
El pueblo estaba casi igual. Caminamos, a veces abrazados, otras solos, y recorrimos cada pedacito de sus calles empedradas. Es que no había lugar, ¡no había un sólo lugar que no nos trajera pasado!. Y así, envueltos en un tiempo que fue, sin darnos cuenta, nos encontramos parados a orillas de esas aguas que, en poco, se convertirían en tus compañeras de viaje.
Lo que pasó después, es cosa nada más que nuestra. Las palabras sólo alcanzan para decir que fue la despedida más dolorosa y hermosa, que pudimos tener. Mi mano se abrió y el agua más transparente que jamás sentí suavemente te llevó...